Crítica El Dragón de Oro

El Grupo Ópalo puso en escena El Dragón de Oro, obra del dramaturgo alemán Roland Schimmelpfennig, ganador del  prestigioso Festival de Mülheim  2010.

Jorge Villanueva asume el reto de dirigir un montaje de naturaleza altamente compleja y simbólica. Son cinco los actores en escena y aproximadamente quince los personajes que nos muestran. Vidas que trasuntan entre lo “normal” y lo trágico, lo cotidiano y lo extraño; vidas que enfrentan sitaciones límite. Ante nosotros desfilan cocineros, azafatas, jóvenes, ancianos, mujeres y hombres que ejecutan las acciones cotidianas mientras que toda la acción dramática es atravesada por el dolor de muela del joven cocinero ilegal, que está en ese país para buscar a su hermana perdida, sin saber que la tiene muy cerca

Los hechos transcurren principalmente en el restaurante vietnamita “El Dragón de oro”, en el que los cocineros lidian, a la vez que preparan diversos platos, con el dolor de muela del cocinero más joven; suceso que atraviesa y une sólidamente el argumento. Se presentn diversas imágines que son tanto atrayentes como extrañas, que logran un inusitado lirismo: una azafata rubia encuentra un diente podrido del cual le cuesta desprenderse; una mujer decide dejar a su esposo, etc. Uno de los aspectos más llamativos de la obra es la intromisión de la fábula de la hormiga y el grillo, para metaforizar la automatización del hombre-hormiga (almacenero) y para acercarnos a la horrenda situación de la ilegalidad (grillo – hermana del cocinero prostituida).

En añadidura, el trabajo de los actores es altamente destacable; la presencia de la voz que anuncia cada acción -a modo de un narrador omnisciente- en conjunción con una cierta ironía -los personajes hombres son interpretados por mujeres y viceversa; los jovenes por los viejos- añaden ritmo y fluidez, además de que permiten el tránsito casi íntimo de lo cómico a lo dramático. La obra alcanza su punto álgido con  el final fatídico del joven cocinero y con la unión simbólica de este con su hermana muerta. La puesta en escena nos invita a considerar la “humanidad” de la raza humana (valga la redundancia) y el desborde que el caos emocional puede generar.

Con las actuaciones impecables de Carlos Victoria, Graciela Paola “Grapa”, Marcello Rivera y Claudio Calmet y la sorprendente fuerza actoral de Laura Aramburú; en conjunción con un manejo interesante de las luces y sobre todo del espacio, El Dragón de Oro se constituye como una puesta imprescindible.

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