La fiesta de cumpleaños

de Harold Pinter

Teatro de la Plaza Isil, dir. Chela de Ferrari

Para quienes hemos intentado acercarnos a la obra de Harold Pinter tal vez sea crucial ese límite que se establece entre lo dicho y lo no dicho, cuya capacidad comunicativa es mayor y requiere participación  de quien especta o lee; y este poder de lo no dicho se hace presente en La fiesta de cumpleaños de modo que lo que sucede en la representación no es necesariamente el contenido total de lo puesto ahí. Con una trama simple, pocos personajes y pocos elementos escénicos –aunque claro, todo bien puesto en su lugar, tengamos en cuenta que, como la mayoría de puestas de La Plaza, es cuasi impecable- la complejidad de la obra emerge de entre el argumento y las líneas de cada personaje; no tanto en lo que dicen, sino en lo que se silencia pero a la vez se hace presente.

En La fiesta de cumpleaños, Stanley –Paul Vega-, músico que ha dejado su carrera pero que tuvo éxito en el pasado, vive en una casa-pensión cercana al mar, propiedad de una pareja de ancianos –Petey y Meg;  Alfonso Santisteban y Ana Cecilia Natteri, respectivamente- en cuyas interacciones cotidianas se producen roces tensionales y un tanto absurdos. El día en que Meg decide celebrar la fiesta por el cumpleaños de Stan –apático y depresivo, naturalmente- llegan dos nuevos inquilinos –Goldberg y McCann, Mario Velázquez y Rómulo Assereto- que trastocan el ritmo de vida del agasajado; sus presencias en escena son atemorizantes amedrentadoras y quiebran el “equilibrio” de Stanley, llevando la situación entera hacia una suerte de única vía sin esperanzas.

Me gustaría enfatizar la actuación de Ana Cecilia Natteri, cuyo rol como Meg se engarza en la justa medida –a mi parecer- con el de Stan (P. Vega), quien con los rechazos y burlas hacia ella propicia que la mujer y sus intentos por “querer” a Stanley caigan en lo ridículo y en lo humano a la vez. Considero que esto no es solo mérito del trabajo del dramaturgo, sino de la habilidad de ambos actores para complementar lo opuesto que representan sus roles. Sin embargo, considero que los roles de Assereto y Velázquez, sin dejar de ser correctos- no se ajustan del todo a la puesta, en el sentido en que no traen tanta tensión ni amenaza; cuyo contraste con las situaciones un tanto ridículas que se generan habrían sido más provechosas para el desarrollo de la trama y el despertar de afectos en el espectador. Memorables escenas las del juego de la gallina ciega y del interrogatorio a Stanley.

Con una iluminación acorde con el especio representado, y  una escenografía impecable –las obras de la Plaza suelen ser así de “limpias y correctas”-, La fiesta de cumpleaños emerge como un montaje interesante por el acercamiento al dramaturgo inglés y por la propuesta de este  en la escena teatral contemporánea.

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