La obligación de vivir o Nadar como perro

Dir. Carlos Acosta

La complejidad de las relaciones sociales y la crisis de la mediana edad por la supervivencia en un mundo que obliga a avanzar con premura son los temas sobre los cuales aparenta incidir la ópera prima del alemán Reto Finger, autor de teatro y piezas radiofónicas. En nuestra ciudad, ha sido montada bajo la dirección de Carlos Acosta en el Teatro Mocha Graña; con las participaciones de Maribel Toledo-Ocampo (Carlota), Carlos Acosta (Roberto), Norka Ramírez (Ingrid), Luis Alberto Urrutia (Juan) y Mijail Garvich (Víctor).

Nadar como perro retrata la vida de un grupo de treintañeros, principalmente de la pareja conformada por Carlota y Roberto; quienes tras siete años de convivencia deciden separarse por iniciativa de ella; en un vano intento de romper con la rutina social establecida y la búsqueda significado dentro de esta. Así, Carlota va conociendo otros hombres, mientras que Roberto vive confinado en el sótano del departamento; expectante de lo que hace su ex pareja, en una suerte de autoexilio en el que progresivamente va asumiendo su abandono e invisibilizándose. Testigos de esto son los amigos de la pareja; Ingrid, continuamente contrariada en su afán de concretar relaciones afectivas; y Juan, quien luego se relaciona afectivamente con Carlota. De este modo, los personajes trasuntan por la vida, digamos, “nadando como perros”; cuasi a tumbos, sin elegancia y con pocas posibilidades de concretar sus propósitos con éxito.

La trama se desarrolla a través de episodios breves y, si bien el texto del alemán está estructurado de ese modo, en escena, la puesta de Carlos Acosta, da la impresión de estar inconexa y no se logra una narrativa entre los cuadros sucesivos. Actuaciones carentes de intensidad conllevan a esa impresión, pues incluso en los momentos de mayor fuerza de los personajes que debían de ser los más intensos,  se truncan. De modo particular, el rol ejecutado por la periodista Maribel Toledo-Ocampo es sacado adelante maquinalmente, sin intención; mientras que los pocos momentos álgidos de Carlos Acosta salen a flote por inercia. Las interpretaciones son carentes de verosimilitud y en ocasiones forzadas. La construcción de los personajes no enfatiza el carácter de estos, que habría de ser un aspecto fundamental en la estructuración del montaje. La poca solidez de las interpretaciones hacen que la trama se diluya en un transcurrir de acciones sin aparente propósito. La iluminación aparenta generar espacios diferentes, pero, con un pobre manejo, no logra su propósito; y la música, imprecisa la mayoría de ocasiones e interrumpida de modo abrupto y poco sutil, le resta intensidad a los cambios en escena.

Al revisar el texto escrito y contrastarlo con la puesta, surgen dudas como, ¿por qué si entre la primera y segunda parte –en total son tres- transcurre medio año; y la tercera duraría un año entero, no se refleja ese transcurrir temporal en escena?, ¿por qué no hay un solo cambio de vestuario, ni siquiera en las escenas de cama? Ante esto nos resta pensar que tal vez las decisiones para el montaje no hayan sido del todo acertadas. Se trata de una puesta sin mayor intensidad, que no refleja en escena lo que la trama plantea; un montaje poco logrado y sin mayor atractivo.

*Esta reseña crítica será presentada en el Taller de Crítica Teatral, a cargo de Sara Joffré, en la UNMSM

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