Lo propio del arte es el arte mismo. Crítica Rojo

Texto de John Logan

Dirección Juan Carlos Fisher

El último montaje de la temporada principal del Teatro La Plaza –que ya está cerrando su temporada- se presenta en la escena local como un apasionado texto que retrata la conflictiva situación de Mark Rothko, pintor representante del expresionismo abstracto. Conflictiva consigo mismo, con sus ideales de arte y con lo que surgía en la época como nuevo arte. Al artista (Alberto ísola) le han encargado una serie de cuadros para el lujoso restaurante Four Seasons en Nueva York;  Para su trabajo decide contratar un asistente, Ken (Rómulo Assereto). La obra retrata la relación entre estos, en un inicio vertical, luego horizontal y de retroalimentación; en la que Ken hace “despertar” a Rothko, mostrándole el cambio en el arte y la estética de su tiempo, en el cual su obra de podría pasar por incomprendida.

A través de diálogos un tanto densos, pero de alta sensibilidad a la vez; entramos en la mente del pintor, cuyo drama en la mitad del siglo XX radicó en la cuestión del valor otorgado a la obra artística. En este sentido, espectar Rojo tal vez no sea una tarea sencilla. Sin embargo la dinamicidad de la representación misma permite que nos adecuemos a lo planteado en escena y que penetremos en la mentalidad del artista, y que a la vez confrontemos sus propuestas con lo que sucede en la realidad cultural contemporánea. El despliegue de las acciones enriquece en contenido simbólico del texto, que es por primera vez puesto en escena en Latinoamérica. Rojo entraña una crítica a la trivialidad que se apodera del todo en nuestra era; sus cuestionamientos no han perdido actualidad, todo lo contrario. En ese sentido, la obra nos habla de la singularidad de las manifestaciones artísticas, que habrán de tener algo que las haga tales y que no las confunda con el resto de cosas existentes en el mundo.

Con la impecable interpretación de Alberto Ísola, y el buen desempeño de Assereto (es inevitable sentir que en algunas escenas sus movimientos son un tanto predecibles y encasillados, empero, consideramos también que “brillar” al lado de Ísola no es tarea sencilla), Rojo esboza una línea muy delgada entre lo humano y el arte, invocando a su vez una estrechez en esa relación, un equilibrio que mesure pero que a la vez revele. Vemos además a los actores pintar en escena y lidiar con todos los implementos que un estudio artístico supone. Impecable el manejo de las luces y la precisión con que la música se inserta en el montaje, que enriquecen ese ‘rojo’ siempre presente y que cobra diversos significados.

No ha sido nuestro propósito acercarnos al texto para determinar si la idea de arte de Rothko fue correcta o errada, pero consideramos que, ahora, casi cincuenta años después de que hiciera esos cuadros, es importante aún cuestionar qué es el arte, en qué se ha convertido y cuán producto de masas puede o no ser. Por nuestra parte, nos inclinaremos a pensar que, si bien la cultura debe ser masiva, esto no debe determinar su irrelevancia. Todo lo contrario. Sea en la pintura o en el teatro, es necesario un arte que dé cuenta de sí mismo, de su tiempo y que dialogue con la sociedad. Un arte inteligente, que no subestime espectadores y que sea fiel al acontecimiento que es él mismo.

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