Madrugada. Una oportunidad para reflexionar sobre la naturaleza del teatro*

Colectivo Teatral Víaexpresa

Concepto y dirección: Diego López

Dramaturgia: Gilberto Nué

Una de las cuestiones complicadas acerca del hacer teatral es su propia entidad problemática, en el sentido en que este es poseedor de una singularidad intrínseca a su estructura; pero que a la vez no determina límites establecidos, pues actualmente la complejidad del teatro radica también en su desdelimitación, en la ampliación de la dramaticidad y en las tensiones diversas entre los conceptos de arte y vida. Y es Madrugada, el último montaje del Colectivo Teatral Víaexpresa (anteriormente comentamos Astronautas, la anterior puesta del grupo) que nos ha dado pie a reflexionar sobre la naturaleza del teatro. La obra nos acerca a la condición de Cirilo , joven cusqueño que viene a Lima a buscar a Lucinda, de quién está enamorado y con quien debe unirse en un ritual tradicional en su pueblo para avalar su unión. Este ritual habría de realizarse al día siguiente, por ello precisa encontrarla con premura. Cirilo, ayudado por Wilson, iniciará un no poco accidentado recorrido en busca de su amada, en el que conocerá las diversas caras de la noche limeña, pues se desplazan, literalmente, de fiesta en fiesta, construyendo así un retrato de la sociedad capitalina, en la que conviven diversas clases sociales y en la que los jóvenes son los grandes artífices de su destino. También se plantea la idea de la oposición de la lógica campo – ciudad; tópico harto recurrente en diversas manifestaciones artísticas nacionales. El marco referencial de estos desplazamientos espaciales es la proyección de un vídeo a modo de cortometraje, que nos remite a pensar en un vídeo – documental.

Intervienen en escena quince actores (Ray Álvarez, Carla Arriola, Jorge Bardales, Carolina Cano, Pierina Carcelén, Natalia Cárdenas, Jeffrie Fuster, Carla Gonzales, Jaime Lozada, Marco Otoya, Diego Alonso Pérez, María del Carmen Sirvas, Óscar Ugaz, María Fernanda Valera y Edwin Vásquez) que desempeñan más de un rol, aspecto que nos parece elogiable pues la energía durante el montaje no decae, pese a que cantan y bailan. Empero, son otros los aspectos los que nos invitan a cuestionar el quehacer teatral y si es que lo que espectamos fue realmente teatro. Mencionamos líneas arriba la desdelimitación del teatro actual, en la medida en que establece diálogo con otras disciplinas visuales e incorpora elementos no-tradicionales. De acuerdo con Jorge Dubatti, la realidad teatral actual se caracteriza por una voluntad desclasificadora, cuyo mayor síntoma es la transteatralización, el pensar que “todo es teatro”, que la vida misma se traduce en constantes actos performáticos. Ante esto, el teatro reacciona y se define en contraposición a lo transteatral; fundando una vía de reencuentro con lo real: uno va al teatro a construir realidad y subjetividad, no para anularlas; afirma explícitamente: “Teatro no de la representación ni de la presentación, sino teatro de la experiencia y de la subjetividad”.

Mencionamos en nuestra descripción de Madrugada la proyección de un vídeo que enmarca y genera los diversos espacios y desplazamientos en el montaje. Esta intermediación tecnológica se ha capitalizado en la obra, en la medida en que sin el marco referencial reproducido mecánicamente por la proyección, gran parte de la puesta pierde sentido. Ante esto, consideramos que, como lenguaje, el teatro habría de apostar hacia otra dirección: el rescate del convivio, que es la reunión sin intermediación tecnológica, el encuentro de persona a persona. La carencia que consideramos implica la intermediación tecnológica, no se ve amortiguada con el intento –un tanto caótico- de subir unas cuantas personas del público al escenario en medio de una de las celebraciones que suceden durante esa madrugada.

Por otro lado, la intermediación tecnológica –el vídeo- está íntimamente ligada con un cierto tono documental que posee la obra; y que como tal, es referencial y cuasi metonímico, en alusión directa a la sociedad, ya que se trata del retrato de las diversas celebraciones en las que aparecen diversos tipos sociales que, si bien son exagerados para dar pie a la ironía e invocar a la risa fácil como su mejor aliada, son casi el “espejo” de la realidad; además, como el director afirma en algunas entrevistas, el proceso de creación ha ido de la mano con la indagación empírica para conocer las dinámicas sociales plasmadas en la obra. Se trata, entonces, de un teatro sin metáforas: ¿Es acaso el teatro un espejo inmediato y no un traductor de experiencia? Madrugada no apela a un lenguaje “otro”, garante de nuevo saberes, sino que reproduce el lenguaje de los medios masivos de comunicación, de discursos como el de la televisión o el periodismo, por ejemplo. No hay mediación metafórica, no construye un universo de significado, no invoca a pensar ni a saber.

El teatro sabe es una concisa declaración de identidad y de valores que el teatro expresa sobre sí mismo; el teatro como productor de conocimientos solo accesibles en términos teatrales. El teatro sabe significa que la escena es una poética de saberes técnicos específicos que solo se adquieren en la frecuentación de la misma. Saberes que impone el funcionamiento de la materialidad primaria del teatro; a saber, los cuerpos, el espacio, el tiempo y la poiesis que se genera sobre la base del trabajo actoral en el convivio. Esos saberes, mayormente, existen al margen de la percepción de los artistas y del público. Jorge Dubatti menciona, parafraseando a Ricardo Bartís: El teatro sabe, aunque no lo sepan creadores, críticos ni espectadores, aunque nadie lo advierta. He ahí el buen espectador (…): el que sabe ver lo que el teatro sabe y lo pone en evidencia para los otros. El teatro sabe, además, que a diferencia de la literatura escrita, del cine o de la plástica, ofrece por su naturaleza convivial una experiencia que es mucho más que lenguaje.

Si bien Madrugada es un montaje medianamente divertido y elocuente –aunque por momentos un tanto desordenado en la representación de las fiestas-; nos invita a cuestionar si se trata realmente de teatro lo que vemos en escena, pues la ausencia de un lenguaje metafórico en pos de uno en exceso mimético, que apela a conocidos vicios para la representación irónica de miembros de diferentes clases sociales, no logra convencernos. Se trata del espejo de la realidad en escena y no de una construcción de subjetividad, ante esto, el espectador no tiene más opción que reírse con lo gracioso de las situaciones, o conmoverse con el idealizado amor de Cirilo. Si se trata de teatro o no, es algo que los espectadores de la obra deberán juzgar también; por nuestra parte, dejamos manifiesto nuestro parecer sobre la obra y sobre el hacer del teatro.

*Muchas de las ideas vertidas en el texto han sido tomadas de la lectura del primer capítulo del libro Filosofía del Teatro I, de Jorge Dubatti, ” Entidad problemática del teatro”, y puestas a dialogar con nuestra concepción sobre el quehacer teatral y la obra en cuestión.
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