De la adolescencia al espanto. Sobre Laberinto de Monstruos

La temporada teatral  2012 de la Biblioteca Nacional del Perú ha iniciado con la puesta en escena del texto dramático escrito por César de María Laberinto de Monstruos, que se viene presentando en el auditorio Mario Vargas Llosa de dicho recinto cultural (en el 2008 fue montada por la agrupación Bunbury Teatro). Esta vez, bajo la dirección de Roberto Ángeles y con un elenco conformado por alumnos del Taller de Formación Actoral de dicho director, llega a nosotros un montaje divertido, sólido y preciso. Ambientado en Breña, durante las vacaciones de Fiestas Patrias en el invierno de 1975 –y con saltos 13 años adelante-, nos enteramos de las aventuras adolescentes de un grupo de amigos de barrio, que en esas vacaciones consiguen su primer trabajo juntos como monstruos del laberinto en una feria de diversiones. El discurrir usual de estos adolescentes se ve trastocado por el encuentro con El Loco, que presuntamente llevaba consigo un maletín lleno de dinero, el cual acuerdan arrebatarle. Todo esto en el laberinto mismo, suceso que cambiará sus vidas para siempre.

Se trata, pues,  de la pérdida de inocencia de estos muchachos, quienes al sobrevalorar lo material -coaccionados sin saberlo por la sociedad misma- comenten un atroz hecho que los convierte en monstruos. Ya no en esos que presumían ser, disfrazados; sino unos en realidad, sacando así lo peor del ser humano. La voz de Leo, ya adulto en el 88, es la que nos introduce y guía en el discurrir de la obra; intervienen también en este espacio generado desde el futuro las voces de los demás personajes, con una mirada melancólica de su pasado. Cuando revisamos el programa de mano podríamos dejarnos engañar al pretender que se trate de una nostálgica revisión de sucesos de la época –pues el programa nos da amplia información del contexto político y social-; sin embargo la mención del año del 75’ es excusa para referirse no solo al espacio tiempo, sino también al retorno que se da a la democracia, con el fin del gobierno de Velasco; digamos a una suerte de vida adulta de la nación peruana; en ese sentido, podríamos establecer cierta relación con el paso a la madurez de los jóvenes protagonistas.

Intervienen los jóvenes Carlos Casella, Nicolás Valdés, Fernando Luque, Juan José Espinoza, Gabriel Iglesias, Eduardo Ramos, Jely Reátegui y Renato Rueda con sólidas y homógenas actuaciones, que dan cuenta de un buen trabajo de preparación de grupo y que logran crear una complicidad con el espectador, extendiéndonos los sentimientos y pesares de sus personajes. Laberinto de monstruos se torna en una puesta divertida y ágil, llena de alusiones a referentes culturales de la época, pero sin dejar de expresar un sentir universal: la pérdida de inocencia y el paso obligado a la madurez. Mención aparte para el director y para quienes fueron parte del proceso de preparación; pues montajes tan limpios, sin excesos y con un buen trabajo de actores son por demás elogiables. Es preciso mencionar, también, que pocas veces llega a las manos del espectador un programa de mano tan bien documentado.

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