Lima es más grande que la imaginación: Crítica “A ver, un aplauso!”

Dramaturgia: César de María

Dirección: Roberto Ángeles

“De la muerte no hay que reírse, la muerte te agarra donde sea”

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“A ver, un aplauso”

Escrita en 1989 y ambientada en la Lima de 1984, A ver, un aplauso! pone ante los espectadores los intentos de Tripaloca (Manuel Gold) y su amigo Tartaloro (Nicolás Galindo) -ambos payasos callejeros- por evadir a los dos emisarios de la Muerte -Gabriel Iglesias y Daniela Baertl, también payasos- que han venido a llevarse al primero, pues padece de tuberculosis y el momento de su muerte ha llegado. El protagonista entonces, desde el inicio de la obra, procede a contarle al público el momento en el que la muerte vino a llevárselo y cómo, ayudado por su amigo, intentan evadirla. De este modo somos testigos de la vida de Tripaloca, evocada a través de los recuerdos que este le va dictando a Tartaloro, quien en una libreta los anota para aplazar la muerte de su amigo; en paralelo, estas memorias van siendo representadas por los otros dos payasos, que van ejecutando con solvencia diversos roles de personas que han participado en la vida del moribundo.

“Ninguna lata se oxida sin morder(nos)”

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Tripaloca y Tartaloro

La situación de pobreza económica y los avatares de la diaria subsistencia en la que viven estos artistas de la calle es uno de los grandes aristas de esta obra que nos muestra una Lima sumida en la pobreza y la desesperanza, en un contexto en el que la migración empezaba a ocasionar el desborde la capital, el hacinamiento e incluso la caída del gran ideal del progreso. A través de un texto con mucho poder simbólico en el que alegóricamente se hace referencia a la historia de nuestro país, a la indiferencia social con el prójimo; y en el que se hace referencia a las limitaciones del sistema de salud nacional, César de María consigue construir personajes que, pese a ser parte de la cultura popular y a ser conocidos por todos -pensamos en el arquetipo del payaso callejero-, poseen identidad propia. A su vez, el efectivo montaje dirigido por Roberto Ángeles -quien el año pasado también dirigió el texto de De María “Laberinto de Monstruos”– logra plasmar momentos memorables, como la muerte del payaso Fosforito; el primer encuentro entre Tripaloca y Tartaloro en el que vemos a Iglesias en el rol de un chamán; así como la relación entre la bailarina Jelvi y Tripa. En general, la obra conjuga momentos de drama intenso como de comedia, y los efectos de esta unión consiguen la reflexión e impacto del espectador.

“Tú sigues vivo porque yo sigo hablando”

La figura del poeta es otro eje importante, pues guía y “eleva” la acción del drama. En este caso, Tartaloro es o quiere ser escritor y se muestra poseedor de una sensibilidad particular, diferente, la que “expuesta” en el ámbito de la calle produce un contraste que deriva en un efecto sensibilizador en el público. Además, Tarta, al tener dificultades para hablar, logra expresarse y perpetuar la memoria a través de la escritura, su herramienta más preciada de comunicación; pese a que los payasos hacen uso del ingenio espontáneo y de la oralidad como principal medio de comunicación y de trabajo.

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“A ver, un aplauso”

Se trata de una obra llena de contrastes simbólicos, cuya puesta en escena se muestra inmejorable. Manuel Gold aprovecha su físico y las posibilidades que este le proporciona para el registro cómico, mostrándonos una caracterización e interpretación sobresaliente; Nicolás Galindo ofrece una interpretación de Tartaloro efectiva y además emotiva, sobre todo en sus intentos de aferrarse a su amigo. Acompañados por Iglesias y Baertl -memorables en sus roles del brujo y fosforito; y Jelvi, respectivamente-, además de Carlos Casella y Eduardo Ramos en el andamio desde el que controlan el acompañamiento musical que se da a lo largo del montaje -pues las acciones son intercaladas con coreografías de diversos géneros y canciones de la época, que enfatizan el registro cómico-; la narración de las aventuras y desventuras de los payasos permiten que el espectador recorra hospitales, plazas, pubs y demás locaciones de la vida del protagonista. Si algún aspecto podría ser reprochable de esta puesta en escena, es el de la pulcritud del vestuario y cierto tono claun que parece tener el personaje de Tripa; empero esta variación con respecto del texto dramático no deja de ser acertada para el contexto actual en el que se ha representado; logrando así una consistencia y cohesión interna. De este modo, “A ver, un aplauso!” emerge como uno de los mejores montajes que nos dejó la temporada pasada y se constituye como uno de visión obligatoria.

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