Decir en voz alta la verdad, un ejercicio liberador. “De repente, el verano pasado”

Dramaturgia: Tenesse Williams

Dirección: Alberto Ísola

Dirección adjunta: Norma Berrade

Teatro de Lucía

Afiche "De repente el verano pasado"
Afiche “De repente, el verano pasado”

Durante los últimos meses hemos tenido la oportunidad de acercarnos a algunos clásicos del teatro norteamericano, gracias a los montajes de “Deseo bajo los olmos” y la bellísima “Viaje de un largo día hacia la noche; ambas de Eugene O’Neill. Ahora, gracias a la iniciativa del Teatro de Lucía, se estrenó en las salas limeñas “De repente, el verano pasado”, de Tenesse Williams. Bajo la dirección de Alberto Ísola, Lucía Irurita interpreta a la señora Venable, madre de Sebastian, un poeta de clase muy acomodada de Nueva Orleans, que es asesinado trágicamente en uno de los viajes que realizaba durante cada verano. Único testigo es su prima Catherine Holly (Cécica Bernasconi) –que es parte de la rama menos acomodada de la familia−, pues lo acompañó en ese último viaje en lugar de su madre, con quien Sebastian solía viajar. Para silenciar la verdad terrible que encierra el asesinato de su hijo, Violet llegará incluso a internarla en un hospital psiquiátrico e intentar obtener la aprobación del doctor Cukrowicz (José Miguel Arbulú), un juicioso médico, para practicar una lobotomía a la joven y así borrar, “corregir”, su memoria, para que “deje de ofender la memoria de su hijo” con su relato del asesinato.

"De repente, el verano pasado"
“De repente, el verano pasado”

Un texto que avanza a través de personajes límite, intensos, y correctamente interpretados por los actores, en un elenco completado por Irene Eyzaguirre como la monja que cuida a Catherine en su visita a casa de la tía Violet para aclarar el tema de la muerte de Sebastian; Mirna Bracamonte y Braulio Chapell, madre y hermano de la joven, que revelan una postura arribista; y María Pasamar como la asustadiza ama de llaves de la Sra. Venable. Quienes brillan en esta puesta –sin desmerecer el notable equilibrio que aporta el trabajo del resto de los actores− sin duda, son Lucía Irurita y Cécica Bernasconi; la primera enfatizando en aquella memoria ideal de su hijo, con quien mantenía una extraña relación; y la segunda intentando liberarse de lo atroz a través de la palabra, a través de la verdad. El exuberante jardín de Sebastian donde se realizan las acciones no es representado en la escenografía, sino que esta es mínima, lo cual permite reforzar el poder del texto enunciado, de la palabra y de la intensidad de las acciones.  Esto, en conjunción con la música –muy bien seleccionada, acorde a la época− y la iluminación, que ambienta y da la ilusión de avance temporal, y que también enfatiza las acciones, como la escena en que, ya hacia el final vemos la sombra de la figura de Catherine proyectada, casi al borde del desgarro, haciéndose pequeña, terminando el relato de lo sucedido el verano pasado. Mención aparte merece el vestuario y el clima creado, tan de aquellos años treinta de los pueblos del sur estadounidenses –que nos hizo recordar con afecto algunos pasajes de relatos de F. S. Fitzgerald ambientados en contextos similares−.

José Miguel Arbulú y Lucía Irurita en "De repente, el verano pasado".
José Miguel Arbulú y Lucía Irurita en “De repente, el verano pasado”.

“De repente, el verano pasado” en el Teatro de Lucía alude a lo terrible, lo monstruoso del asesinato, tragedia que da pie a las acciones, pero no de modo que se centre en ello. Más bien nos parece que se resalta la intención de ocultar la verdad, de tapar esa doble moral; y deja así al descubierto ambiciones y tabús (como el de la homosexualidad) en la sociedad del 30 del sur de Estados Unidos. Pese a la distancia temporal, no podemos decir que la situación sea completamente diferente, de ahí la relevancia de esta obra que a treinta años de la muerte del dramaturgo aún posee actualidad, en tanto a veces resulta peligrosa la verdad para unos, pero liberadora para otros. Uno podría pensar que lo importante en la obra es el cómo de la vida y muerte de Sebastian: nosotros consideramos que no, que lo interesante es ese “decir la verdad en voz alta”, con las consecuencias que traiga, y la crítica social implícita que tenemos al comparar aquella referencia de la madre al nacimiento de las tortugas, que en su camino al mar eran devoradas por las aves carnívoras, con la imagen de la muerte del poeta: perseguido, cercado por aquellos niños pobres, en un acto antropófago no solo de hombre a hombre, sino de clase social a clase social.

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