Reseña Crítica: “El hombre elefante”

De Bernard Pomerance

Traducción y adaptación del guión: Joaquín Vargas

Dirección: Joaquín Vargas

Teatro de la Universidad Católica (TUC)

Hernán Romero y Enrique Urrutia.
Hernán Romero y Enrique Urrutia.

Un estreno de la talla de El hombre elefante en Lima -reconocida internacionalmente y con diversos premios, como el Premio Tony; New York Drama Critic’s Award (por mejor obra de teatro); premio Obie Award (mejor obra de teatro) y el Drama Desk Award (mejor obra de teatro)- necesariamente despierta altas expectativas. Y quizá estas sean mayores para quienes conozcan algo de la vida de Merrick, o aún para quienes han visto la película que dirigió David Lynch. Se trata, pues, de la historia de John, un hombre con un caso severo de neurofibromatosis y síndrome de Proteus, males que han ido deformado progresivamente su cuerpo a lo largo de su vida. Para sobrevivir, incluso, debió trabajar como “fenómeno” de feria y sufrir constantes abusos. Esto cambia cuando conoce al médico Frederick Treves, quien lo “rescata” y “educa” para de algún modo romper con la animalidad a la que este hombre estaba acostumbrado, descubriendo así un hombre sensible e inteligente; sin embargo, en este rescate habrá también algo de la antigua explotación que sufrió Merrick. El “mensaje” es simple y claro: enfatiza en la facultad de la humanidad y en la dignidad, ambas nociones indesligables y que no pierden actualidad aún ahora, años después, en una época en que la discriminación, el abuso y la falta de comprensión y aceptación al otro son comunes; y también propicia una toma de postura crítica hacia ciertos tipos de “caridad”, pues cada vez que Merrick alcanzaba mayores facultades de los hombres “sanos”, más esquiva le era la normalidad anhelada.

Miguel Vargas, Sebastián Reátegui y Jurgen Gómez.
Miguel Vargas, Sebastián Reátegui y Jurgen Gómez.

Sin duda una historia conmovedora, pero que no logra colmar las expectativas que genera. En primer lugar, salta a la vista el abuso de las proyecciones que se tornan innecesarias; por ejemplo, la juramentación inicial del Doctor -que bien podría haberse hecho en escena-, la de los rostros de las enfermeras aterrorizadas -quizá innecesario porque verbalmente se enfatiza en escena el “terror” que el hombre elefante causaba a quienes lo veían-, también la de la Sra. Kendall cantando, o las imágenes de elefantes corriendo en el desierto ¿? -que más bien parecen colocadas solo ahí para añadir tiempo a la puesta y completar las dos largas horas de duración-. Vemos así que en total -no hicimos el cálculo exacto- estas proyecciones acumulan aproximadamente 20 ó 30 minutos, que en cierta forma salen sobrando, pues hacia el final la obra puede resultar muy larga y tediosa. Consideramos que no solo es necesaria la innovación por la innovación, sino que el empleo de herramientas alternas, digitales o de otro tipo debería ser justificado y no resultar prescindible.

La obra, al transcurrir entre 1884 y 1901, demanda el empleo de un vestuario y escenografía acordes a la época, aspectos que se nota

Sebastián Reátegui y Mónica Dominguez.
Sebastián Reátegui y Mónica Dominguez.

que han sido cuidados con esmero -podríamos objetar de la escenografía esos estantes con libros hechos obviamente de madera, pero sobre todo el arco que desciende en la escena del andén, que queda ahí y no cumple enteramente con dar profundidad y que más bien estorba en la escena siguiente-. Otro aspecto interesante es el acompañamiento musical, que corre por cuenta de Carolina Nomberto, quien toca el cello; empero, en la función a la que pudimos asistir, inició con leves desafinaciones que llegan a ser distractoras. Con respecto del trabajo actoral debemos destacar a Sebastián Reátegui. Si en un primer momento, al ver el tráiler o la cobertura de prensa en televisión, podría parecer extraño ver a un hombre elefante sin ningún aditamento para denotar su deformidad e incluso ridículo el verlo hacer movimientos o gestos que expresaran las deformidades e incapacidades, vemos en escena como el actor se transforma, y quizá esa sea la escena más lograda de la obra: cuando el Dr. Treves describe el físico de Merrick, y vemos a un completamente saludable y “normal” Sebastián Reátegui convertirse sin más instrumento que su cuerpo en un ser deforme y tullido, y además, mantener el agarrotamiento y casi sin uso las extremidades atrofiadas. Otra actuación a destacar es la de Mónica Dominguez en el rol de la Sra. Kendall: auténtica, pícara y aportando cierto tono cómico a la tragedia de Merrick. Por otro lado, no podemos decir lo mismo del trabajo de Hernán Romero, destacado actor que esta vez no ofrece una actuación destacada -e incluso pareció olvidar su texto o trabarse-. Otras actuaciones que desentonan y más bien son risibles son las de Miguel Vargas en el papel de Ross, un inverosímil “abusador” que explota al hombre elefante y que no logra despertar temor ni impacto alguno. Caso similar es el de Jorge Bardales, sobre todo como el “domador” o manager de las niñas cabezas de cono (Rosario Zeballos y Gabriela Alcántara). Es curioso que este grupo de actores que secundan las acciones de los principales no tengan desempeños óptimos, pero que ejecuten más de un rol.

En El Hombre elefante, desde nuestra óptica, se abusa de los recursos que ofrece la sala de la Biblioteca Nacional, colmando un texto poderoso de artilugios que no necesariamente aportan y que más bien distraen, y dejando de lado lo que sí debería ser obligatorio para una producción de gran envergadura: actuaciones homogéneas, consistentes y de calidad.

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