Azar y violencia: Rosencrantz y Gildenstern han muerto. Sobre “Falsarios”.

Dramaturgia: Gino Luque (Texto escrito con una de las ayudas del Fondo Iberescena a la creación dramatúrgica concedida en la convocatoria 2009/2010.)

Dirección: Carlos Galiano

Asistencia de Dirección: Pepa Duarte

EME – Museo de Arte de Lima (MALI)

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FALSARIOS

El año que pasó, en el marco del Festival Otras A-puestas Carlos Galiano presentó Newmarket (Jorge Castro, obra ganadora del segundo  lugar en la tercera edición del Concurso de Dramaturgia Peruana “Ponemos tu obra en escena – 2010”), a nuestro parecer, uno de los mejores montajes del 2012, que nos dejó expectantes de qué sería lo próximo del autor que se pusiera en escena y qué obra dirigiría Galiano. Esta vez –y durante una breve temporada- se viene presentado Falsarios, de Gino Luque Bedregal (Víaexpresa Colectivo Teatral, Astronautas) en el auditorio del MALI, con las actuaciones de Manuel Gold, Lizet Chávez, César Ritter y Mónica Madueño. La estructura de Falsarios muestra una interesante complejidad: mediante escenas breves y fragmentadas en las que ni la palabra ni las acciones son factores determinantes en la revelación de sentido el espectador se ve envuelto en  una trama que se va articulando progresiva –aunque no totalmente- y por partes. Carlo (Gold) y Ana (Chávez) son inexpertos miembros de una agrupación subversiva y están a cargo de un atentado para el que roban el carro de un tercero (Tigre) sin darse cuenta que en el interior del vehículo hay un pasajero: el hijo de Silvia y Tigre. Manuel Gold (Astronautas, A ver un aplauso, Play it again, Sam) aprovecha sus habilidades para la comedia en la construcción de un Carlo que fluctúa permanentemente entre la responsabilidad, la tensión, una forzada distensión, la violencia y lo dramático, a su vez, Lizet Chávez (Newmarket) atraviesa por una serie de intensas emociones, desbordada por la culpa. Con la historia de estos inexpertos terroristas se cruza la de Silvia y Tigre, un policía que debe hacer llevadera su vida familiar (en crisis) con sus dos misteriosos trabajos. La casualidad determina el encuentro de las historias de los personajes, desde el robo del auto, hasta la desgarradora escena final.

Manuel Gold y Lizet Chávez.
Manuel Gold y Lizet Chávez.

 Después de la complicación principal (robar el auto con el niño dentro) las cosas solo se complicarán para estos “falsarios”, quienes para consolidar su carácter de marginales sociales, terroristas, “falsean” sus identidades, construyen otra-imagen-de-sí-mismos en la que se filtran también sus inseguridades y miedos; así, estas “máscaras” no son caparazones herméticos, sino más bien “coladores”, lo cual revela la humanidad de estos seres. En este punto es importante mencionar que Falsarios  establece un diálogo con Hamlet y más aún, a nuestro parecer, con la obra teatral/película Rosencrantz y Gildenstern are dead, de Tom Stoppard, que funcionan como hipotextos. Carlo, en escena, decide que sus seudónimos serán Rosencrantz y Gildenstern (recordados amigos del príncipe Hamlet), empero, a lo largo de la obra, no se define con claridad quien de los dos es quien, de modo muy similar que en la obra/película de Stoppard. Así, el carácter de los dos cambia, no es estático y por ello la desdefinición y repetición constante. Sin duda, un trabajo de dramaturgia de primer nivel.

Por su parte, la puesta en escena presenta una estética muy “tarantinesca”; con una escenografía mínima que se apoya, para enfatizar en la sensación de escape y tensión, en una precisa ambientación musical, un sobresaliente trabajo de iluminación (a cargo de Mario Ráez) y un uso oportuno y acertado de los recursos gráficos audiovisuales (arte gráfico muy de cómic), que no roza con lo documental, sino que más bien sitúa en contexto y  evocan escenarios y presencias. A destacar la escena en la que la imagen del niño se proyecta sobre el cuerpo de Ritter, así como aquellas en las que se proyectas serpientes y policías, ya que completan el sentido de las acciones de los personajes. Pocas veces podemos ver un empleo tan preciso de las proyecciones audiovisuales.

 En Falsarios todos los elementos están ahí por una razón, sin pretensiones  de lucimiento técnico ni formal. Un montaje en el que se muestra de modo efectivo el absurdo de la violencia; una puesta visceral y potente, en la que las apariencias y la violencia se desbordan hallando aún la medida justa, el equilibrio. De visión imprescindible, uno de los mejores montajes en lo que va del año.

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