Una dura lección de vida

Cómo aprendí a manejar

Dramaturgia: Paula Vogel
Dirección: Ebelin Ortiz
Centro Cultural El Olivar – San Isidro

"Cómo aprendí a manejar"
“Cómo aprendí a manejar”

La obra de la dramaturga norteamericana Paula Vogel, Como aprendí a manejar (How I learned to drive), fue estrenada en 1997 y recibió al año siguiente el Premio Pulitzer en la categoría Drama; asimismo se le concedieron a la autora diversos reconocimientos, como el Drama Desk, Outer Critics Circle, etc. Se trata pues de una obra que cuenta con reconocimiento mundial. La obra nos presenta a “Rayita” (“Li’l Bit”), una adolescente que crece en la rural ciudad norteamericana de Maryland, en la década de los 60. Rodeada de una familia numerosa conformada por su madre —quien fue madre a corta edad—, su sexista abuelo —a quien llaman afectuosamente “Papote” (“Big Papa”)—, su abuela —marcada por la religiosidad y el conservadurismo— y su tía Mary, esposa del “tío Pico” (“Uncle Peck”), mujer que está en constante negación de las preferencias de su esposo. Cómo aprendí a manejar nos presenta una incómoda historia de amor: “Rayita”, curiosamente denominada así al nacer, una adolescente que carece de una imagen paterna sólida, desarrolla una peligrosa empatía con su “tío Pico” —hombre afectado por la experiencia de la guerra—, quien bajo la apariencia de un hombre comprensivo logra ganarse su confianza. A medida que la obra avanza, el espectador puede darse cuenta de los verdaderos intereses del adulto y “abrir los ojos” ante aquello que al inicio aparentaba ser inofensivo.

En escena, Leticia Poirier ("Rayita") y Mario Velásquez ("Tío Pico")
En escena, Leticia Poirier (“Rayita”) y Mario Velásquez (“Tío Pico”)

En escena los hechos, más que en la acción, se resuelven en la narración, ya que Cómo aprendí a manejar está estructurada bajo cambios de tiempo hacia el pasado o futuro, de acuerdo a la memoria de la protagonista, papel ejecutado con soltura por Leticia Poirier, saliendo del personaje para dirigirse al público y regresando a él para ponerse en la piel de la niña, adolescente y joven Rayita. En ese sentido, el hilo de la narración fluye con una extrema y perturbadora naturalidad; adicionalmente debemos referir que en algunos momentos la actuación de la etapa pre-púber de la protagonista linda con una exageración casi caricaturizada, creemos, para establecer de modo más evidente la etapa a la que se alude. Gran trabajo de Mario Velásquez en el rol del tío, manejando con sutileza esa nociva relación entre “Rayita” y su personaje mientras le enseña a manejar su auto, configurando para el espectador, en un inicio, la afinidad entre ambos como algo sin importancia, pero revelando a medida que la puesta avanza su peculiar fijación. Completan el elenco Tirso Causillas, Michella Chale y Firelei Barreda, como el abuelo, tía/madre/compañera de salón y abuela/compañera de salón; respectivamente. Ellos conforman del “coro” que la autora configura para la estructura de la obra, como voces que enmarcan cada segmento escénico. A propósito de estos, es necesario mencionar que la obra está conformada por cuadros con rótulo de acuerdo a la intensidad e importancia de la situación retratada, en concordancia con indicaciones para conducir y/o cambios de velocidad en el manejo de vehículos.

El mecanismo de memoria de “Rayita” encierra al espectador. Nos enfrenta a perturbadores temas alejándose del lugar común y de lo obvio para narrar, mediante una interesante dinámica de interlocución, los sucesos desafortunados de esta obra y la toma de consciencia de la protagonista. En el proceso del “aprendizaje a manejar el automóvil”, la adolescente descubre algo desconocido para ella: la toma del control, aspecto que modelaría su carácter. Cómo aprendí a manejar cuenta con escenas sutiles pero potentes; como aquella de la sesión de fotos, o en la que frente a nosotros solo tenemos al “tío Pico” bajo un reflector cuyo alcance se reduce progresivemente para solo resaltar su expresión facial en aquella excursión con Bobby, su sobrino. El escenario nos sitúa en el ambiente descrito en escena; ya sea un comedor, un restaurante, etc. Biombos móviles y traslúcidos reducen y construyen espacios, además de la estructura del auto/cama. Los cambios escénicos son dinámicos, pero se debe tener cuidado con la precisión de la voz en off y de la música, para no quebrar ese tenso ambiente.

En Cómo aprendí a manejar somos testigos de cómo una joven hurga en su memoria para liberarse y perdonar. Pero perdonarse a sí misma, sin redención para la contraparte. Interesante y recomendable propuesta de Ebelin Ortiz —quien ya montó bajo su dirección esta obra el año pasado— de una obra que se aleja de clichés y estereotipos para plantear una situación tan terrible como común.

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