No hay lugar para los honestos

Café y Rejas

Basada en la obra De la gaseosa al champán, de Javier Rey de Sola

Dirección: Paco Caparó

Colectivo Teatro del Riesgo

"Café y rejas"
“Café y rejas”

Actualmente somos testigos de la proliferación de propuestas escénicas; ya sean de alcance masivo, o que partan de iniciativas de menor envergadura, sin que esto último sea ‒felizmente‒ un condicionante para presentar trabajos de mala calidad. Colectivo Teatro del Riesgo, desde el 2011, viene ofreciendo montajes que han destacado ‒como hemos podido notar en los comentarios y reseñas sobre sus obras‒ por enfatizar en el desarrollo de acciones físicas que potencien el texto dramático. Esto es claramente lo que sucede y que dinamiza su más reciente propuesta, Café y rejas. En la obra, Marcos (Omar del Águila) y Juan (Jhosep Palomino) han caído presos por estafa. Ambos compraten la celda; el primero, en posición de líder, ejerce una fuerte dominación sobre el segundo ‒que lo admira pese a que ha sido utilizado y que por ello está privado de su libertad‒ trata constantemente con desprecio a su compañero, manipulándolo a su antojo.

Omar del Águila (Marcos), en primer plano, y Juan (Jhosep Palomino).
Omar del Águila (Marcos), en primer plano, y Juan (Jhosep Palomino).

La propuesta de Teatro del Riesgo ha sido estructurada en dos partes; en la inicial, conocemos la dinámica de comunicación y relación de ambos personajes y se revelan aspectos constitutivos de su forma de ser: la buena apariencia de Marcos ‒traducida físicamente en una postura erguida y actitud altiva‒, su capacidad de liderazgo, su “visión de negocios” ‒que no es más que la estructuración de una estafa bajo la modalidad de “pirámide” para dejar a viudas y ancianos sin sus ahorros‒, y su férrea ‒y contradictoria, ante lo evidente‒ conciencia de inocencia que lo ha llevado a alejarse y ser mal visto por el resto de los presos. Juan, mucho más delgado, verborreico, con una percepción muy disminuida de sí mismo y al servicio de su compañero, dispuesto a defenderlo a costa de lo que sea, muestra empatía por aspectos menos objetivos de la sociedad; esto se expresa en su “predilección” por los cafés, no solo por la bebida, sino por las cafeterías o cafetines, en donde la gente debate, comenta y expresa sus ganas de “cambiar” la situación del país. Evidentemente, para Marcos, esas son solo tonterías: desprecia la cháchara banal y la inacción de los asiduos visitantes a los cafés. El diálogo es matizado por referentes cercanos a nuestra realidad; como la crítica a la inseguridad ciudadana, la reforma del transporte, etc., que son efectivos en tanto agilizan la acción discursiva. Estamos, claramente, ante dos personajes no solo opuestos, sino en clara relación de dominación y esto es caracterizado eficientemente por ambos actores.

El amplio espacio de la sala del Mocha Graña es delimitado por estructuras metálicas móviles cubiertas con retazos de tela gris plateado y azul, cercando el espacio que contiene un catre, un wáter, una mesa y una silla. Mencionamos en este punto esta estructura escénica pues es vital para el cambio que marca la segunda parte: Marcos ha tomado el catre y ha desarrollado una serie de acciones físicas demandantes, y, al volver al espacio correspondiente a la celda su actitud ha cambiado por completo. Es en esta parte que se produce una transformación entre ambos personajes, tan radical que podría ser comparada al conocido episodio de la “Sanchificación del Quijote”. Ahora el dominante es Juan y el pusilánime el otrora poderoso. El cambio no es solo verbal, sino principalmente físico, y ahí es donde se halla el punto más destacable de la propuesta de Teatro del Riesgo: en la potenciación del trabajo corporal para traducir, condicionar y finalmente revelar el carácter los protagonistas, como si, en escena, a través de la acción física, viéramos la construcción del personaje. Desde que el público ingresa a la sala se ve a los actores realizando algunos movimientos en escena y, previo al inicio de la obra, hablan directamente al público para dar las indicaciones tradiciones ‒apagar celulares, etc.‒; algo ocurre en este interacción previa con el espectador, que parece partir desde la tipología de los personajes hacia el final, pues Del Águila muestra una curiosa sumisión ante Palomino. El juego de sombras, que delinea figuras sugerentes y oníricas redondea esta puesta que nos habla de lo corruptible del ser humano, del quiebre de las ilusiones ante el “choque” con la realidad y de la desesperanza en un mundo en el que los honestos no tienen lugar y en el que los inocentes llevan la peor parte. Un recomendable trabajo del Colectivo Teatro del Riesgo.

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