Una desequilibrada distopía: Dubái

De Víctor Falcón

Dirigida por Gonzalo Tuesta Alegre

DUBAI
Dubái, de Víctor Falcón

Un planteamiento que lleva al extremo las consecuencias –y condiciones- de la vida actual y que nos pone, de entrada, frente a una sociedad distópica, marcada por la desvinculación, la mercantilización –incluso de lo intangible- y que tiene como paradigma el éxito y “progreso” económico; una sociedad en la que la familia es también una cuestión decorativa. El mundo retratado en Dubái, ambientado en un apocalíptico 2049, no está muy alejado de nuestra realidad: gerentes que pelean por la dirección de un proyecto altamente rentable, pero que tiene detrás cuestionables intereses, que atentan contra la moral, la preservación del medio ambiente y la consideración en igualdad del prójimo. Sin duda, una trama interesante y poco –a nuestro limitado entender- trabajada en nuestra dramaturgia contemporánea. La propuesta de Tuesta halla su mayor logro en el aprovechamiento del limitado espacio de la sala del Teatro Racional, tomando lo esencial del texto dramático –como comentó el director en la sesión de Escuela de Espectadores dedicada a esta puesta en escena- y apostando por lo mínimo: una base circular iluminada, bancas y enmallado en las paredes, a modo de (¿sugerentes?) jaulas, aunque estas últimas no tengan mayor funcionalidad que la aparentemente, decorativa.

Una propuesta que enfatiza en la desvinculación y desterritorialización, latente desde la casi nula posibilidad de diferenciar a los personajes (Renato Medina, Jorge Bardales, Esteban Phillips, Ernesto Ballardo, Giovanni Arce) –todos estos vestidos de modo idéntico, solo con corbatas de color distinto; con excepción del psiquiatra y del abogado (ambos interpretados por Sebastián Eddowes), que son diferenciables-; hasta la incógnita del lugar en el que transcurren los hechos. Una poética de la inexactitud, que rehúye de la atribución de significantes maestros, totales, ya que el único significante que realmente importa es el dinero. En ese sentido, la coherencia interna es sólida; sin embargo, fueron otros los elementos que, como espectadores, impidieron que conectáramos con esta arriesgada puesta en escena que, creemos, sobrepotencia los puntos fuertes del texto de Falcón: ese discurso retorcido y de una intensidad brutal que en escena es casi dicho a gritos, cuyos diálogos toman un volumen e intensidad agresivos, que restan el énfasis en el contenido de lo dicho, corriendo el riesgo de desvirtuar el discurso. El único personaje que se mantiene visiblemente al margen de “la lucha” y que sostiene un discurso diferente es el del psiquiatra, que abre la obra con una intervención increpadora y por eso mismo dolorosa, que atrapa al espectador. Empero, su presencia, a lo largo de la obra, solo se diluye, anulando la posibilidad de contraste con la visión de los demás personajes. Cuestionamos también la pertinencia de los desnudos, pues, pese a ser una indicación expresa en el texto dramático, no son elocuentes con la propuesta escénica. Siendo que se dejaron de lado algunas determinaciones de autor en pos de hacer viable la escenificación, nos resulta cuestionable que esa indicación haya sido considerada necesaria pues, desde nuestra perspectiva, no dicen nada.

 Pese a lo referido, consideramos que Dubai es una propuesta valiosa, arriesgada. Que estéticamente propone el riesgo como máxima a seguir, en todos los niveles. El vestuario, como referimos líneas arriba, opta por “uniformizar” a los personajes; impersonalizándolos –pese a que cada uno tiene su “drama” personal-, todos de “la misma raza”, con sutiles marcas en el rostro, a excepción, nuevamente, del psiquiatra, portador de una voz diferente pero que se pierde en el mar agresivo de la enunciación en escena. El director se ha topado con un texto de una carga brutal, y parece no haber encontrado mejor modo de “decir” que a través de la exageración y sobredimensión, en una falta de equilibrio que, de algún modo nos resulta abrumadora a la vista, que impide seguir las acciones por completo; pero que resulta, al menos, coherente con el desequilibrio intrínseco a esa (nuestra) sociedad y con la mente de esos sórdidos personajes.

*Anteriormente nos referimos a otra obra de Víctor Falcón, Japón, que puede ser revisada aquí.

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