Casi Transilvania

De Bárbara Colio

Dirección: Alberto Isola

Asistencia de dirección: Norma Berrade

casitransilvania El cine y el teatro se acoplan en Casi Transilvania, texto de la mexicana Barbara Colio y que, bajo la firme dirección de Alberto Ísola, consigue llevar al espectador a cuestionamientos existenciales sobre la base de la figura del vampirismo que haya su metaforización en la exacerbación de la individualidad principalmente en el mundo actoral – cinematográfico. La búsqueda de reconocimiento, de una forma de trascendencia, es el principal eje sobre el que gira esta propuesta. Julia (Urpi Gibbons) ha escrito un guión sobre un crimen; Hugo (Sergio Llusera), su esposo, la está dirigiendo y pretende terminarla cueste lo que cueste, como la única posibilidad de que su obra lo trascienda, ya que presenta una enfermedad terminal. Una actriz (Tati Alcántara) ejerce todo tipo de desmesurada presión para conseguir un rol protagónico, para que “su nombre salga en los créditos” y la perfecta víctima en medio de todo el conflicto, Francisca (Carolina Barrantes).

casitransilvania2En Casi Transilvania cada escenario -ya sea un café común, un parque, la sala de una casa- deja su “normalidad” para convertirse en un espacio que inquieta. Esto viene dado no solo por la tensión intrínseca que el original texto de Colio posee, sino por los aciertos de dirección de Isola y el certero y minimalista diseño escenográfico, que aprovecha cada espacio de la amplia sala de teatro del ICPNA; todo esto en conjunción con la selección musical y las proyecciones, cual película, pues en esta obra los lenguajes, cinematográficos y teatral, se cruzan, al inicio, de modo desconcertante -en tanto puede parecer forzado- pero después, todo cae por su propio peso y comprendemos que la propuesta tiene como uno de sus principales aciertos el uso multimedia, sin parecer imposición o capricho, sino más bien parte una propuesta global muy bien afiatada. Ironía, melodrama, humor negro: tres elementos que armonizan y hacen de esta puesta en escena, una de las imprescindibles de esta temporada. Adicionalmente, las actuaciones poseen el aura que una obra como esta necesita: destacan la presencia escénica de Urpi Gibbons –que se consigue no solo con su trabajo en el escenario, sino con el vestuario, maquillaje y peinado, que la delinean como una figura imponente dentro de las debilidades propias del personaje; y el trabajo cargado de sencillez y naturalidad de Carolina Barrantes, que le pone freno de modo muy sutil al ritmo vertiginoso que va tomando la obra. Por su parte, Tati Alcántara construye de modo certero la figura de la actriz obsesiva y sin escrúpulos; mientras que, quizá por el peso escénico de los personajes femeninos, el rol de Llusera se percibe como mucho menor, principalmente en intensidad y solidez. El elenco femenino funciona con precisión. Acertada selección del director, pues incluso en los momentos en que se juega con la figura del doble, Barrantes y Alcántara parecen tener rasgos muy similares.

En contraposición al idealismo que la ficción tradicionalmente puede suponer, en Casi Transilvania toda posibilidad idílica se diluye, desdibujando, a su vez, los límites de la ficción: inclusive la dinámica de la cámara y la pantalla nos anuncia que la vida, quizá, es también representación, que todos los personajes “reales” poseen una máscara que solo se cae enn situaciones límite. Que lo más importante, en esta sociedad individualista y solitaria, es ser visto. Perdurar.

 

El Cine Edén

Marguerite Duras

Dirección: Alberto Ísola

Asistencia de dirección: Jimena Leyva

Escena Contemporánea

El Cine Edén.
El Cine Edén.

Primera mitad del siglo XX. En la Indochina francesa marcada por la miseria cruel del colonialismo y su injusticia, La Madre, interpretada por la destacada bailarina Mirella Carbone, enviuda y decide permanecer en Indochina, trabajar y sacar adelante a sus dos hijos; Joseph (Joaquín de Orbegoso) y Suzanne (Moyra Silva).  Es la época del cine mudo y La Madre toca el piano que acompaña estas funciones en un local llamado el Cine Edén para ganarse la vida. Alentada por la ilusión de construir un presente y futuro próspero para su familia, invierte sus ahorros en la compra de unas tierras que representan la promesa del éxito y por qué no, la riqueza. Sin embargo, estas tierras no son lo que ella pensaba; el océano las inunda constatemente, es imposible sembrar en ellas. Es aquí que la obsesión de La Madre toma fuerza, y se empecina la inútil tarea en construir diques que detengan el avance del mar. La obra teatral  El Cine Edén surge del texto de la francesa Marguerite Duras Un Dique contra el Pacífico (y con algo de El Amante), de matiz autobiográfico que cobra cuerpo en la puesta en escena con la intervención de Graciela Paola, quien relata a modo de lectura de sus memorias en primera persona, su historia. Es como si oyeramos, así, a la propia autora contando su vida y la de su familia. Esto posibilita dos niveles de tiempo; el pasado en el que el personaje vive las acciones (la joven Suzanne), y el presente en que un yo adulto, desdoblado, cuenta los hechos y que a la vez interviene en estos participando en algunos momentos de la escenificación, literalmente “volviendo a vivir”. Este distanciamiento intensifica las acciones dramáticas y aporta profundidad al cuestionamiento del retrato de la época.

El Cine Edén, bajo la acertada y sutil (qué más decir) dirección de Alberto Ísola, conjuga teatro, cine, danza y literatura, con textos de la misma autora. El espectador ve en escena una muestra total de estas artes integradas, como si de pequeñas piezas de un complejo engranaje se tratara. Sobre el fondo del escenario, el écran nos instala en las butacas del cine Edén y ante la vida de esta familia: el paso de la adolescencia a la adultez de Suzanne, sus encuentros con Monsieur Jo y Agosti (ambos roles ejecutados por Marco Otoya), su amor por la imagen idealizada de Joseph, su hermano y la conflictiva relación con su madre, cuya locura (y también su fracaso) parece aumentar progresivamente, sumiéndola en un desamparo mayor.  Los sentimientos límite que marcan a los personajes logran también atormentar al espectador. La necesidad del amor, la riqueza, la opresión, el fracaso, el desamparo y la ferocidad del colonialismo hacia los más pobres son los grandes temas de la obra. Completa el elenco Walter Vásquez como el Capataz, sobrio y decidido en su actuación de sirviente de La Madre. Las interpretaciones son todas correctas y conmovedoras, de las que, obviamente destacamos el trabajo de Mirella Carbone, cuyas intervenciones en los espacios dedicados a la danza son breves, precisas, plásticas y sumamente conmovedoras. En general, un trabajo que deviene de la dirección de Ísola, en la que cada aspecto se une con el otro sin dejar cabos sueltos; la música, la iluminación, el empleo del espacio: todo sumerge al espectador. Qué más decir sobre El Cine Edén, salvo que son pocas las manifestaciones artísticas que conmueven solamente por su belleza. Esta es una de ellas.

 

 

Decir en voz alta la verdad, un ejercicio liberador. “De repente, el verano pasado”

Dramaturgia: Tenesse Williams

Dirección: Alberto Ísola

Dirección adjunta: Norma Berrade

Teatro de Lucía

Afiche "De repente el verano pasado"
Afiche “De repente, el verano pasado”

Durante los últimos meses hemos tenido la oportunidad de acercarnos a algunos clásicos del teatro norteamericano, gracias a los montajes de “Deseo bajo los olmos” y la bellísima “Viaje de un largo día hacia la noche; ambas de Eugene O’Neill. Ahora, gracias a la iniciativa del Teatro de Lucía, se estrenó en las salas limeñas “De repente, el verano pasado”, de Tenesse Williams. Bajo la dirección de Alberto Ísola, Lucía Irurita interpreta a la señora Venable, madre de Sebastian, un poeta de clase muy acomodada de Nueva Orleans, que es asesinado trágicamente en uno de los viajes que realizaba durante cada verano. Único testigo es su prima Catherine Holly (Cécica Bernasconi) –que es parte de la rama menos acomodada de la familia−, pues lo acompañó en ese último viaje en lugar de su madre, con quien Sebastian solía viajar. Para silenciar la verdad terrible que encierra el asesinato de su hijo, Violet llegará incluso a internarla en un hospital psiquiátrico e intentar obtener la aprobación del doctor Cukrowicz (José Miguel Arbulú), un juicioso médico, para practicar una lobotomía a la joven y así borrar, “corregir”, su memoria, para que “deje de ofender la memoria de su hijo” con su relato del asesinato.

"De repente, el verano pasado"
“De repente, el verano pasado”

Un texto que avanza a través de personajes límite, intensos, y correctamente interpretados por los actores, en un elenco completado por Irene Eyzaguirre como la monja que cuida a Catherine en su visita a casa de la tía Violet para aclarar el tema de la muerte de Sebastian; Mirna Bracamonte y Braulio Chapell, madre y hermano de la joven, que revelan una postura arribista; y María Pasamar como la asustadiza ama de llaves de la Sra. Venable. Quienes brillan en esta puesta –sin desmerecer el notable equilibrio que aporta el trabajo del resto de los actores− sin duda, son Lucía Irurita y Cécica Bernasconi; la primera enfatizando en aquella memoria ideal de su hijo, con quien mantenía una extraña relación; y la segunda intentando liberarse de lo atroz a través de la palabra, a través de la verdad. El exuberante jardín de Sebastian donde se realizan las acciones no es representado en la escenografía, sino que esta es mínima, lo cual permite reforzar el poder del texto enunciado, de la palabra y de la intensidad de las acciones.  Esto, en conjunción con la música –muy bien seleccionada, acorde a la época− y la iluminación, que ambienta y da la ilusión de avance temporal, y que también enfatiza las acciones, como la escena en que, ya hacia el final vemos la sombra de la figura de Catherine proyectada, casi al borde del desgarro, haciéndose pequeña, terminando el relato de lo sucedido el verano pasado. Mención aparte merece el vestuario y el clima creado, tan de aquellos años treinta de los pueblos del sur estadounidenses –que nos hizo recordar con afecto algunos pasajes de relatos de F. S. Fitzgerald ambientados en contextos similares−.

José Miguel Arbulú y Lucía Irurita en "De repente, el verano pasado".
José Miguel Arbulú y Lucía Irurita en “De repente, el verano pasado”.

“De repente, el verano pasado” en el Teatro de Lucía alude a lo terrible, lo monstruoso del asesinato, tragedia que da pie a las acciones, pero no de modo que se centre en ello. Más bien nos parece que se resalta la intención de ocultar la verdad, de tapar esa doble moral; y deja así al descubierto ambiciones y tabús (como el de la homosexualidad) en la sociedad del 30 del sur de Estados Unidos. Pese a la distancia temporal, no podemos decir que la situación sea completamente diferente, de ahí la relevancia de esta obra que a treinta años de la muerte del dramaturgo aún posee actualidad, en tanto a veces resulta peligrosa la verdad para unos, pero liberadora para otros. Uno podría pensar que lo importante en la obra es el cómo de la vida y muerte de Sebastian: nosotros consideramos que no, que lo interesante es ese “decir la verdad en voz alta”, con las consecuencias que traiga, y la crítica social implícita que tenemos al comparar aquella referencia de la madre al nacimiento de las tortugas, que en su camino al mar eran devoradas por las aves carnívoras, con la imagen de la muerte del poeta: perseguido, cercado por aquellos niños pobres, en un acto antropófago no solo de hombre a hombre, sino de clase social a clase social.

Lo propio del arte es el arte mismo. Crítica Rojo

Texto de John Logan

Dirección Juan Carlos Fisher

El último montaje de la temporada principal del Teatro La Plaza –que ya está cerrando su temporada- se presenta en la escena local como un apasionado texto que retrata la conflictiva situación de Mark Rothko, pintor representante del expresionismo abstracto. Conflictiva consigo mismo, con sus ideales de arte y con lo que surgía en la época como nuevo arte. Al artista (Alberto ísola) le han encargado una serie de cuadros para el lujoso restaurante Four Seasons en Nueva York;  Para su trabajo decide contratar un asistente, Ken (Rómulo Assereto). La obra retrata la relación entre estos, en un inicio vertical, luego horizontal y de retroalimentación; en la que Ken hace “despertar” a Rothko, mostrándole el cambio en el arte y la estética de su tiempo, en el cual su obra de podría pasar por incomprendida.

A través de diálogos un tanto densos, pero de alta sensibilidad a la vez; entramos en la mente del pintor, cuyo drama en la mitad del siglo XX radicó en la cuestión del valor otorgado a la obra artística. En este sentido, espectar Rojo tal vez no sea una tarea sencilla. Sin embargo la dinamicidad de la representación misma permite que nos adecuemos a lo planteado en escena y que penetremos en la mentalidad del artista, y que a la vez confrontemos sus propuestas con lo que sucede en la realidad cultural contemporánea. El despliegue de las acciones enriquece en contenido simbólico del texto, que es por primera vez puesto en escena en Latinoamérica. Rojo entraña una crítica a la trivialidad que se apodera del todo en nuestra era; sus cuestionamientos no han perdido actualidad, todo lo contrario. En ese sentido, la obra nos habla de la singularidad de las manifestaciones artísticas, que habrán de tener algo que las haga tales y que no las confunda con el resto de cosas existentes en el mundo.

Con la impecable interpretación de Alberto Ísola, y el buen desempeño de Assereto (es inevitable sentir que en algunas escenas sus movimientos son un tanto predecibles y encasillados, empero, consideramos también que “brillar” al lado de Ísola no es tarea sencilla), Rojo esboza una línea muy delgada entre lo humano y el arte, invocando a su vez una estrechez en esa relación, un equilibrio que mesure pero que a la vez revele. Vemos además a los actores pintar en escena y lidiar con todos los implementos que un estudio artístico supone. Impecable el manejo de las luces y la precisión con que la música se inserta en el montaje, que enriquecen ese ‘rojo’ siempre presente y que cobra diversos significados.

No ha sido nuestro propósito acercarnos al texto para determinar si la idea de arte de Rothko fue correcta o errada, pero consideramos que, ahora, casi cincuenta años después de que hiciera esos cuadros, es importante aún cuestionar qué es el arte, en qué se ha convertido y cuán producto de masas puede o no ser. Por nuestra parte, nos inclinaremos a pensar que, si bien la cultura debe ser masiva, esto no debe determinar su irrelevancia. Todo lo contrario. Sea en la pintura o en el teatro, es necesario un arte que dé cuenta de sí mismo, de su tiempo y que dialogue con la sociedad. Un arte inteligente, que no subestime espectadores y que sea fiel al acontecimiento que es él mismo.