Reglas para vivir

De Sam Holcroft

Dirección: Josué Mendez

Traducción: Gonzalo Rodríguez Risco

Teatro La Plaza

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Reglas para vivir

Una celebración familiar por Navidad se convierte en una oscura comedia plagada de revelaciones y enfrentamientos. Reglas para vivir, de la dramaturga británica Sam Holcroft se constituye, así, como una meticulosa mirada al interior de las relaciones que pone atención sobre las normas para convivir y concesiones que sus miembros establecen para encajar o no generar mayores conflictos, intentos en los que, evidentemente, fallan. De entrada, la verosímil escenografía (a cargo de Guille Isa) nos deja ver una sala, comedor y cocina representados con la pulcritud habitual que caracteriza el trabajo escenográfico de La Plaza y que, es importante mencionar, determina y relaciona el espacio con el juego. Platea una decoración con rasgos estilizados que suman artificialidad, haciéndola parte de lo lúdico. Vemos así que el suelo de la sala tiene los bordes de una cancha, la mesa del comedor es similar a una de ping pong, etc. Este carácter queda aún más claro con el empleo del tablero superior, sobre el cual se proyectan las “reglas de juego” para cada uno de los personajes, reglas que rigen y modulan aspectos de su carácter para facilitar la convivencia. Progresivamente, en esta inicial “calmada” comedia los parámetros de comportamiento se complejizan de modo tal que se obtienen “terribles” resultados.

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Vanessa Saba (Paula), César Ritter (Mateo), Katerina D’onofrio (Karen), Hernán Romero (Francisco), Leonardo Torres Vilar (Daniel) y Claudia Dammert (Edith)

Uno de los aspectos a favor de este montaje, dirigido por Josué Mendez, es la dramaturgia, que consigue trasladar el conocimiento al espectador, al enlazar aquellas actitudes “normales” de cada personaje (sentarse, comer, beber, etc.) con un hilarante significado mediante las proyecciones. Esto, puesto en relación con el trabajo actoral, constituye, a la vez, uno de los puntos débiles de la puesta en escena, debido a que en los roles que requieren un menor trabajo físico, el tono humorístico e irónico se pierde. En ese sentido, en las acciones del personaje que interpreta Vanessa Saba no se detecta mayor atirbo de contraste entre su “regla para vivir” y sus actitudes naturales: si se pierde de vista la proyección, el tono de la propuesta se diluye, lo cual le resta definición al montaje. Cuestión que no pasa con los roles de Katerina D’onofrio (Karen) o de Leonardo Torres Vilar (Daniel). Este último saca adelante, con la soltura que el oficio, la preparación y la experiencia le brindan, a un hombre sumido en la mediocridad, tal vez el más humano de los personajes.

En general, a lo largo de Reglas para vivir existen momentos de incremento de tensión, como el ingreso del padre, otrora figura opresora y dictatorial, en una silla de ruedas y con una evidente discapacidad motriz y cognitiva, escena abrupta que cierra el primer acto y que suma esa indefinición a la puesta en escena. El mismo director, sobre su propuesta, afirma en una entrevista publicada en el Diario Expreso: “La intención era hacerla en serio como si estuviera haciendo un drama o una tragedia. No pensé en hacer chistes o ser gracioso, simplemente quise ser espectador de lo que va pasando con los personajes, cómo es la relación entre ellos (…) hay momentos muy graciosos, pero para mí lo que pasa en esa familia es una tragedia”. Por otro lado, el mayor momento de distensión es la pelea durante la comida, escena que, creemos, pudo cerrar la obra: lo que vienen después, sobra. El ingreso de la niña, incluso, parece un elemento puesto ahí para conmover y despertar suspiros en la sala. Reglas para vivir logra ridiculizar la cultura perfeccionista que esconde “horrores” bajo una aparente limpia superficie.

*Imágenes tomadas de la página de Facebook de Teatro la Plaza

Lo propio del arte es el arte mismo. Crítica Rojo

Texto de John Logan

Dirección Juan Carlos Fisher

El último montaje de la temporada principal del Teatro La Plaza –que ya está cerrando su temporada- se presenta en la escena local como un apasionado texto que retrata la conflictiva situación de Mark Rothko, pintor representante del expresionismo abstracto. Conflictiva consigo mismo, con sus ideales de arte y con lo que surgía en la época como nuevo arte. Al artista (Alberto ísola) le han encargado una serie de cuadros para el lujoso restaurante Four Seasons en Nueva York;  Para su trabajo decide contratar un asistente, Ken (Rómulo Assereto). La obra retrata la relación entre estos, en un inicio vertical, luego horizontal y de retroalimentación; en la que Ken hace “despertar” a Rothko, mostrándole el cambio en el arte y la estética de su tiempo, en el cual su obra de podría pasar por incomprendida.

A través de diálogos un tanto densos, pero de alta sensibilidad a la vez; entramos en la mente del pintor, cuyo drama en la mitad del siglo XX radicó en la cuestión del valor otorgado a la obra artística. En este sentido, espectar Rojo tal vez no sea una tarea sencilla. Sin embargo la dinamicidad de la representación misma permite que nos adecuemos a lo planteado en escena y que penetremos en la mentalidad del artista, y que a la vez confrontemos sus propuestas con lo que sucede en la realidad cultural contemporánea. El despliegue de las acciones enriquece en contenido simbólico del texto, que es por primera vez puesto en escena en Latinoamérica. Rojo entraña una crítica a la trivialidad que se apodera del todo en nuestra era; sus cuestionamientos no han perdido actualidad, todo lo contrario. En ese sentido, la obra nos habla de la singularidad de las manifestaciones artísticas, que habrán de tener algo que las haga tales y que no las confunda con el resto de cosas existentes en el mundo.

Con la impecable interpretación de Alberto Ísola, y el buen desempeño de Assereto (es inevitable sentir que en algunas escenas sus movimientos son un tanto predecibles y encasillados, empero, consideramos también que “brillar” al lado de Ísola no es tarea sencilla), Rojo esboza una línea muy delgada entre lo humano y el arte, invocando a su vez una estrechez en esa relación, un equilibrio que mesure pero que a la vez revele. Vemos además a los actores pintar en escena y lidiar con todos los implementos que un estudio artístico supone. Impecable el manejo de las luces y la precisión con que la música se inserta en el montaje, que enriquecen ese ‘rojo’ siempre presente y que cobra diversos significados.

No ha sido nuestro propósito acercarnos al texto para determinar si la idea de arte de Rothko fue correcta o errada, pero consideramos que, ahora, casi cincuenta años después de que hiciera esos cuadros, es importante aún cuestionar qué es el arte, en qué se ha convertido y cuán producto de masas puede o no ser. Por nuestra parte, nos inclinaremos a pensar que, si bien la cultura debe ser masiva, esto no debe determinar su irrelevancia. Todo lo contrario. Sea en la pintura o en el teatro, es necesario un arte que dé cuenta de sí mismo, de su tiempo y que dialogue con la sociedad. Un arte inteligente, que no subestime espectadores y que sea fiel al acontecimiento que es él mismo.